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Jóvenes esgrimistas destacados,

regresaban a Cuba satisfechos

de Venezuela, que prendió en sus pechos

deportivos estímulos dorados.

No presentían los condecorados

ni los otros viajeros, que pertrechos

autoexplosivos los harían desechos

humanos en las olas de Barbados.

¡Otro crimen de Bosch y de Carriles

todavía en su fase de reptiles!

Pero ignora ese dúo terrorista

que la Revolución cual San Miguel

Arcángel, puede ser un esgrimista

y echar por tierra al criminal Luzbel.


Naborí, cantó a la Revolución hasta el final de sus días. Por eso tuvo que sufrir no pocas incomprensiones y ataques, no solo de contrarrevolucionarios confesos sino de algunos supuestos exquisitos que parecían no serlo. Y al cabo lo eran. No le perdonaron que no hubiese gloria que no exaltara ni crimen que no condenara con sus versos. Firme como una roca cantó cada hecho de la Revolución como cantaba al amor y a la vida. Cuando falleció, en enero de este año, dejó ese tesoro con nosotros.

Naborí no solo fue un excelente decimista, sino todo un poeta de talla mayor, capaz de incursionar en cualquier estilo y forma de la poesía. Autor de una extensa obra, los sonetos formaron parte de su cotidianeidad, y dominaba esa métrica como los clásicos. He aquí una simple y profunda muestra, dedicada a las víctimas del cruel sabotaje a un avión de Cubana de Aviación, trágico hecho ocurrido el 6 de octubre de 1967.

Un total de 73 personas fallecieron a causa del siniestro, entre ellas el equipo juvenil cubano de esgrima, que acababa de conquistar el Campeonato Centroamericano en Venezuela.

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