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Era tarde en la noche cuando escribí ayer la nota sobre la gravedad del jugador de hockey que llegó a Papa del deporte:

Juan Antonio Samaranch Torelló. «A su edad y con los problemas crónicos que está sufriendo, no podemos ser optimistas», había dicho el director de medicina interna del hospital barcelonés donde falleció a las 13:25, conectado a un respirador y sometido a un tratamiento farmacológico intensivo, pero sin angustia.

«Mi padre ha tenido una buena muerte. No ha sufrido ni nos ha hecho sufrir. En sus últimos momentos ha sido tan eficaz como lo fue en vida», comentó a la prensa su hijo.

Tras conocerse la noticia de su fallecimiento, el mundo del deporte manifestó su condolencia. La Familia Real hizo expresó su pésame, el Real Madrid lloró a su socio número 93, y en la bandera del club ondeó a media asta por quien fue un periquito universal y jugador de su equipo de hockey en los años 40.

Con la muerte Samaranch nos vino a la mente el día de mayor gloria personal en su vida: el 17 de octubre de 1986, cuando anunció al mundo que Barcelona había sido elegida como sede de los Juegos de 1992, que siguen siendo considerados los mejores de la historia.

Después de 21 años presidiendo el COI (sólo superados por los 29 de Coubertin), Samaranch fue sucedido por Jacques Rogge. Pero ni siquiera paró entonces. Madrid fue su siguiente sueño y en él pervive.

Según su hijo, Samaranch siguió el domingo la final del trofeo de tenis de Montecarlo. Se sintió indispuesto y sobre las siete de la tarde ingresó en el hospital. «Media hora después sufrió un colapso del que ya no despertó y por eso digo que ha tenido una buena muerte». Samaranch estaba lleno de proyectos a sus 89 años. Esperaba ayudar a Barcelona o Jaca (la ciudad que el Comité Olímpico Español elija) en su lucha por organizar los Juegos de Invierno de 2022.