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Por Mercedes Rodríguez García

Ni en los más crudos años del Periodo Especial, dormía tan intranquila. Y no pocas veces fui a la cama con la dosis inexacta de alimentos en el estómago, que no sé cómo soportó tanto invento culinario huérfano de grasas y desamparado de calorías, imprescindibles para sobrellevar el pedaleo en las «chinas» y «burras», machacar las pencas de maguey para el lavado, y cargar los sacos de carbón.

Recrudecido el bloqueo, desmoronado el campo socialista, la nación tocó el fondo del barril. Pero juntos practicamos la apnea y, contra los aprensivos pronósticos de expertos internacionales, salimos a la superficie. El milagro cubano -así calificado por alguno de ellos- no obedeció a impulsos esotéricos sino a la fortaleza de un proyecto político único, sustentado en la capacidad de lucha y resistencia del pueblo y sus líderes más auténticos. Y estábamos solos, solitos.

Corren tiempos difíciles para la humanidad entera, pero la más cercana -la de Cuba mía- me vuelve a dislocar el sueño. Necesito ver detrás de las paredes, ganarle un par de años al calendario, adelantar el futuro pero desde la seguridad del presente, sin pesimismo, de manera objetiva, a partir de lo hecho y lo que resta por hacer.

¿Acudir a la esfera mágica de cierta pitonisa? ¿Preguntar al espejo de la madrastra de Blanca Nieves? ¿Tirar las cartas del Tarot? ¿Leer la palma de las manos? No, nada de adivinaciones aunque sigan valiendo los pronósticos. ¿Lo axiomático?: lo que somos. ¿Lo predecible?: la pelea por la vida.

Quienes lean e interpreten la información que publican nuestros medios de prensa, coincidirán conmigo. Solo las imágenes nos echan encima toneladas dolor, pero también infinitos metros cúbicos de confianza y esperanza. Nadie permanecerá abandonado a su destino, nos han nacido nuevos hermanos dentro y fuera de este testarudo caimán en medio del Caribe. La desgracia nos ha unido más. La suerte está echada desde hace medio siglo, y con nuestras fuerzas y nuestras mentes saldremos adelante.

La Naturaleza, al tocarnos de Oriente a Occidente con la furia del agua y del viento, nos arrebató -menos a sus valientes hijos- hogares, cultivos, animales, alimentos almacenados, torres de telecomunicaciones, postes y tendidos eléctricos, policlínicos, consultorios, escuelas...

Y aunque ahora no estamos tan solos, solitos, el país ha sido devastado en su infraestructura económica, social y habitacional como nunca antes. La capacidad destructora de Gustav y Ike no tuvo compasión.

Podemos encender velitas y pedir en puro acto de fe, «Señor, ruega por nosotros», u ofrecer addimú, otí y owó a los orishas para que nos quiten toda suerte de desgracias. Y aunque cirios y rezos, ofrendas de comida, aguardiente y dinero, no dejan de constituir una salida cuando fallan la ciencia y la capacidad personal para resolver problemas, vale todo lo que no dañe y haga renacer, crecer e imponer la solidaridad.

Porque a estas alturas de la vida, con tanto descarrilamiento ecológico, guerras y hambrunas apocalípticas, sobreviven egoísmos y vanidades. Parafraseando al colega uruguayo Eduardo Galeano, se trata de un «mundo patas arribas», infinito y finito, que tal vez no tenga remedio porque, agotado y gastado, agoniza.

Tiempos difíciles presentan las narices y olfatean resquicios por donde desovar sus serpientes. En los débiles afloran veleidades, vacuidades, infundios, desvaríos. Lo extraordinario, lo hondo, lo raigal, emerge de los valientes de espíritu y de corazón, de esos vástagos martianos que saben encontrar la luz en medio de las tinieblas.

Por eso enfurece el desmedro de quienes, ante la necesidad acrecentada, revenden mercancías robadas o elevan irracionalmente los precios de ciertos productos del agro.

Por eso dan rabia los acaparadores, los que alteran las balanzas, los que no detienen el vehículo estatal para recoger a un compatriota, los que nos mal atienden, los que se solo piden y no dan, los que tienen y no comparten.

Por eso irritan los inconformes sin razón, los que lucran a costillas de Liborio, los que hacen dinero fácil, los que abandonan sus puestos en plena jornada laboral, los oportunistas y arribistas, los que mienten, los que inventan, los que juegan al capitalismo, los que invocan y ofrendan solo en tiempos de crisis, los mediocres, los extremistas, los improvisadores, los demagogos y charlatanes, en fin, los que ponen en juego el empeño revolucionario y con ello el bienestar y el futuro de todos los cubanos.

Vamos a necesitar en grandes proporciones, serenidad y determinación. La magnitud del desastre natural puede provocar arritmia, y por ahora no existe otra medicina que el trabajo. Cada cual en lo suyo dando lo mejor de sí, para no volver jamás a tocar el fondo del barril, para que el milagro cubano sea de nuevo el estoicismo y la grandeza.