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Por Mercedes Rodríguez García.

Para empezar este artículo reclamaba unas palabras sólidas, fuertes, contundentes. O al menos, palabras sinceras, honestas, auténticas, valientes, de algunos de los intelectuales villaclareños delegados al recién concluido VII Congreso de la UNEAC. Es más, me conformaba con el pensamiento de otros, de los que se quedaron ¿fuera de nómina?

Me resultaba ideal para suplir la ausencia reporteril propia en un forum que trascenderá por muchas razones. La primerísima por reunir a destacadas personalidades del arte y la literatura en una coyuntura política excepcional. Aunque puede -como dice el proverbio- no estar todos los que son ni ser todos los que están. Segunda porque el hecho lo reclamaba en aras de lo noticiable, que exige actualidad, novedad, proximidad  y prominencia, amén del valor testimonial o de referentes opinativos cercanos, bien metidos en la "intríngulis", en la "cosa nostra". Y no me mal interpreten.

Mas, desde el martes y pese a varios intentos a través del teléfono, el correo electrónico, incluso, el encuentro personal, ninguno de los contactados me dio el sí. Cada cual esgrimió sus argumentos. Y derecho les asiste de ofrecer o no declaraciones a la prensa. Pero eso me hace pensar, y no muy bien que digamos. El silencio también  mata.

Trataré de sortear turbulencias o apneas profundas. Sin embargo, no evitaré caminar por terreno minado. Aunque puedan cuestionarse y calificarse de insuficientes, insustanciales y parcializadas, me he servido de la abundante información circulada por nuestros medios de prensa centrados en el tema la cultura, la sociedad, la identidad y defensa de la nación. Y no por gusto.

De ese modo, leyendo, viendo, escuchando e interpretando, saco por conclusión que los debates  intentaron replantear el camino de la sociedad cubana desde la cultura en momentos particulares de la nación; que es grande la responsabilidad del artista o escritor cubano, y que como ningún otro intelectual le asiste participar activamente en un proceso que tiende a la revivificación y a la revisión.

De uno u otro modo la mayoría de las intervenciones sirvieron para, al menos, descorrer el antifaz y verle el rostro a problemas muy serios vinculados con el sistema de Educación, con expresiones concretas de marginalidad y de violencia, y que de alguna manera, desde la perspectiva socio-cultural, escritores y artistas están llamados a reflexionar y a incidir en las decisiones que se tomen. Dicho de otra forma: ayudar a encontrar senderos.

Es la zona de creación donde se revelan infinidad de texturas para comprender la realidad. Pero urge acercar el discurso a esa realidad, no importa si apegado a la tradición o de cierto modo irreverente y hasta iconoclasta. En la variedad de tramas coexiste la pluralidad, las distintas maneras de ser, de crear y de creer. Y el arte instituye un buen camino para entender hacia dónde queremos ir, sin peder la brújula ni la esperanza.

"Un congreso no renueva una cultura", afirmó un delegado joven en entrevista televisiva. Pero sí, viabiliza determinadas líneas de pensamiento, de diálogo, tanto con las instituciones gubernamentales como con el pueblo. Y ello permite reflexionar de conjunto sobre los destinos del país, y coadyuva a la larga en beneficio de la cultura.

Cultura es toda la vida social y va más allá del producto artístico que se baila y se canta sobre un escenario, que se exhibe en una galería o que habita en las páginas de un libro. La cultura afianza el rostro de la sociedad, lo expande sin contornos y  se traduce en la construcción de un socialismo mejor, renovador y moderno.

Pero no una cultura obediente, complaciente y burocrática. Tampoco, la que dictan los intereses globalizadores del mercado y la hegemonía imperialista. Sí una cultura afianzada en nuestras raíces, que aspire a la multiplicidad y que, junto con las demás culturas de todas las regiones, conforme un embaldosado universal que se encare y resista  la globalización como tentativa hegemonizadora del pensamiento.

El pueblo siguió atentamente este Congreso. Aplaudió y vibró con la intervención de Eusebio Leal. Y mucho espera de quienes acaban de ser elegidos para presidir la Unión de Escritores de Cuba, aunque reitero, no estén todos los que son ni sean todos los que están. 

Con  lenguaje e ilustración de altos quilates y como historiador al fin, Eusebio encontró en el anecdotario de nuestras contiendas libertadoras, los mejores ejemplos. Ahora, Trato de escudriñar en su discurso, de decodificar parábolas y metáforas, de escrutar entre líneas. Pero concuerdo plenamente en algo que sí quedó muy claro: "Lo que hasta ayer no fue conveniente o prudente, hoy es necesario".

Habrá que luchar desde muchas trincheras pero con una sola intención, sin divisiones, ni egoísmos, ni vanidades ni falsas posiciones redentoras. Luchar, dijo Eusebio "desde nuestras obras, para que se laven las conciencias de todos los cubanos; para que el mundo sienta que se cumplen aquellas palabras bellas de Martí cuando dijo: ¡Qué misterio dulcísimo tiene esa palabra: cubano!

Cuba, su cultura -que no es solo arte y literatura- ha de afianzarse en el talento, "que eleva como artistas a ganar la gloria en los espacios, en las plazas públicas".

Ya no reclamo palabras sólidas, fuertes, contundentes. Ni siquiera sinceras, honestas, auténticas, valientes. ¿Habré sorteado las minas o tropezaré mañana con alguna de ellas camuflada en el páramo?

No importa. Lo escrito hasta aquí constituye parte del entrenamiento.  No soy de las que retienen ni admite la esperanza como una utopía. Sin ella, también será muy difícil prepararnos para el nuevo destino de la Patria.